“No hay amor más grande que dar la vida”  Jn. 15,13

Biografía novelada de la vida de Fray Reginaldo Toro, basada en datos históricos, escrita por madre Sonia Lucarelli. Parte 7 de 7.

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    El 25 de octubre de 1900, estando el Obispo en Santa Rosa de Río I, sufre un ataque de hemiplejia, debiendo ser trasladado en tren, en grave estado, al Palacio Episcopal.

    Allí el Doctor Campillo, su médico de cabecera, atendió al paciente proporcionando todos los medios a su alcance para aliviar sus dolencias. Si bien a corto plazo pudo recuperar medianamente sus facultades, cuatro años después esta enfermedad lo llevaría a la muerte.

   Monseñor Filemón Cabanillas, Obispo auxiliar, dialogaba con el médico, preocupados ambos por la salud de Reginaldo.

-¿Cómo hemos llegado a esta situación, doctor? Es doloroso ver cómo sufre nuestro Obispo, imposibilitado de caminar y hablar, de moverse con libertad.

-Estimado amigo, muchas veces le pedí que descansara un poco más, que delegara en otros algunas responsabilidades, que no viajara tanto… pero me temo que su celo apostólico lo movía con más fuerza que mis palabras…

– Sí, es verdad, todos se lo hemos advertido. El doctor Gerónimo del Barco dialogó largamente con él a fines del año 97, cuando la enfermedad comenzaba a aparecer.

Además, las misiones por todo el territorio de su diócesis han minado su salud de manera silenciosa pero continua. Los viajes por el interior de la provincia de La Rioja: Chilecito, Nonogasta, Famatina, Vichigasta. En todos los lugares visitaba a pobres, enfermos, prodigaba la Palabra de Dios sin detenerse. Los continuos viajes a las parroquias que erigía del interior de Córdoba, los templos que bendecía…los Hogares y Colegios que creaba, los trámites que realizaba para que las congregaciones religiosas llegaran a Córdoba: Carmelitas, Salesianos, Hermanas del Buen Pastor…

-¡Imposible detener la fuerza de su corazón compasivo y lleno de caridad! Las Confirmaciones y Bautismos que realizaba en lugares alejados, en medio de los campos y poblados, las asiduas visitas a la cárcel para atender no sólo espiritualmente a los presos, sino también para acercarles ropas y medicamentos… Y, mi amigo, por más médico que yo sea, no pude competir con la fuerza que el Espíritu desplegó en él…Inspiración y fortaleza, fuerza de la caridad a las que Reginaldo no le opuso resistencia….

    Mientras ellos dialogaban, el paciente, en su lecho de dolor e inacción, lúcido y atento, en una oración continua y silenciosa, desahogaba su corazón en un diálogo íntimo y confiado con Jesús:

Gracias, Señor, porque has permitido que este siervo inútil conozca el límite, la enfermedad, la humillación y la postración. Aquí dependo totalmente de Vos y de mis hermanos…

Gracias porque me consagraste como tu pertenencia y tu posesión.

San José, padre mío, sé que los tesoros de tu misericordia en lo espiritual y temporal estarán siempre abiertos para tu pequeño rebaño de Dominicas. Que siempre tengan un solo corazón y una sola alma en Dios.

Acuérdate Señor, de tu Iglesia: que tus sacerdotes y consagrados, procuren hacer las cosas santas santamente ….auxiliados por tu gracia. Que todos los fieles tengan las virtudes de la Fe, de la Esperanza y de la Caridad.

Padre mío Santo Domingo: soy fiel hijo tuyo, devoto de María de Rosario, no desatiendas las súplicas de tus hijos, Dominicos en Argentina y en el mundo…Intercede por nosotros….

Hoy soy humanidad doliente, soy hombre de dolor y de cruz… hoy más que nunca estoy unido a ti en sacrificio y entrega. Paciencia, Humildad, Obediencia .. deseo corresponderte Señor, por tantos beneficios de tu Providencia en mi vida….Perdona los pecados de tu siervo, enmienda errores y falencias.

Mi conformidad con tu voluntad…Deseo que dispongas de mí como quieras, te lo ofrezco por la Iglesia a la que amo y por quien me entrego.

El 21 de agosto de 1904, a las 13.45 hs.  después de dejar explicitado en su testamento el deseo de ser sepultado en el Convento de Santo Domingo, a los pies de los frailes y con su hábito, entregó su espíritu al Creador, con el rosario en sus manos y el corazón lleno de rostros a quienes cuidó, abrazó, acompañó y socorrió.

Padre Reginaldo, bendice y protege a tus hijos y que el Señor permita tu pronta glorificación aquí en la tierra para ayudarnos a alcanzar el cielo.

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