Fraternidad Padre Reginaldo Toro: una vocación que se vive en comunidad

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Fraternidad Padre Reginaldo
Fraternidad Padre Reginaldo

La Fraternidad Padre Reginaldo Toro, vinculada a las Hermanas Dominicas de San José, continúa creciendo como un espacio de fe, formación y servicio donde la vida compartida fortalece el camino vocacional de sus miembros. Daniel Portillo y Florencia Anahí Romero compartieron su testimonio sobre cómo descubrieron esta pertenencia, qué los sostiene en el recorrido y de qué manera la fraternidad transforma su manera de vivir.

El ingreso a la fraternidad nace de un llamado progresivo, atravesado por encuentros, discernimiento y una fuerte experiencia de comunidad. Desde la escuela, la misión y la vida cotidiana, la Fraternidad Padre Reginaldo Toro se presenta como un espacio que invita a seguir a Jesús con autenticidad, en sintonía con el carisma dominicano. 

Un llamado que se despierta

El vínculo de Daniel Portillo con la fraternidad comenzó a partir de distintas circunstancias que despertaron en él el deseo de pertenecer a la familia dominicana. La presencia de su esposa en la fraternidad, como docente de la escuela Sagrado Corazón, fue uno de los primeros puentes hacia esa experiencia.

La hermana María Esther fue quien lo acompañó e invitó a conocer de cerca la posibilidad de integrar una fraternidad. “Se fue despertando la vocación de formar parte de este grupo de docentes y de la familia Dominicana”, expresó, al señalar que ese camino lo llevó incluso a compartir la vocación como matrimonio.

Florencia Anahí Romero, por su parte, explicó que su deseo nació del anhelo de reencontrarse con quienes habían sido sus docentes en la infancia. Al aceptar la invitación a participar de las reuniones, descubrió una forma de vivir la fe donde la autenticidad y la acogida ocupan un lugar central.

Un camino de formación

El recorrido dentro de la fraternidad comienza con una etapa de iniciación, para conocer a las personas que la integran y compartir la vida comunitaria. Luego llega el tiempo del discernimiento, acompañado por retiros espirituales y otras instancias de formación que preparan para las promesas temporales.

Daniel explicó que esas promesas pueden renovarse anualmente hasta completar el período establecido, y que luego, si la persona se siente preparada, se avanza hacia las promesas perpetuas. En ese itinerario, la formación no se vive como un trámite, sino como una respuesta libre y sostenida a un llamado profundo.

Florencia destacó que la fraternidad propone una invitación personal y amistosa, sin imposiciones. “La formación continúa de manera permanente, porque, al igual que la vida, nunca dejamos de aprender”, señaló al describir un camino que madura con el tiempo y se fortalece en comunidad.

El legado de Reginaldo

Para Daniel Portillo, la figura del Padre Reginaldo Toro inspira su vida cotidiana como modelo de padre, pastor y misionero incansable. Lo define como un ejemplo de entrega que sigue orientando a la fraternidad, más allá del tiempo y la distancia.

Ese legado también impulsa a abrir caminos nuevos desde el lugar que cada uno habita y sirve. El Padre Reginaldo sigue enseñando a vivir con compromiso, a sostener la misión y a comprender la fraternidad como una vocación compartida.

Florencia reconoció que una de las frases que más la moviliza es “abrazar a la humanidad doliente”. Esa consigna la lleva a concretar gestos de ayuda, escucha y servicio, no solo hacia las personas, sino también hacia los animales, a quienes considera muchas veces olvidados.

Una fe que transforma

La fraternidad modifica la manera de trabajar, relacionarse y servir. Daniel subrayó que ese cambio no proviene solo del estudio o la formación, sino también del compartir la vida de cada integrante y de aprender a construir amistad en Dios.

Florencia también vivió esa transformación como un reencuentro con la Iglesia. Después de haberse alejado en la adolescencia, encontró en la fraternidad un lugar donde fue recibida con los brazos abiertos y pudo volver a caminar en la fe con alegría, pertenencia y acompañamiento.

Somos de Dios, somos todos de Dios”, recordó Daniel parafraseando al Padre Reginaldo, al destacar que la Eucaristía compartida y la vida comunitaria ayudan a acompañarse mutuamente y a servir mejor en la misión. “Ese ida y vuelta –explicó–, transforma tanto a la persona como a la fraternidad misma”.

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