Jorge y Estaurofila: una vida puesta al servicio de una misión

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Jorge y Estaurofila: una vida puesta al servicio de una misión
Jorge y Estaurofila: una vida puesta al servicio de una misión

Cuando pensamos en la historia de una obra, solemos recordar a quienes tuvieron un papel visible en su fundación. Sin embargo, detrás de cada gran comienzo hay personas que, desde lugares diferentes, entregan su tiempo, sus talentos y su propia vida para que ese sueño pueda crecer.

En los primeros pasos de la obra de Fray Reginaldo Toro, Jorge Poulson y Estaurofila Ladrón de Guevara fueron dos de esas personas. La amistad que los unió a los frailes dominicos y su compromiso con la Iglesia los llevaron a involucrarse profundamente en la misión que comenzaba a desarrollarse en Córdoba. No fueron espectadores: fueron auténticos colaboradores y misioneros de esta nueva obra.

Una historia de encuentro

Jorge Poulson nació en Dinamarca, en el seno de una familia protestante, y llegó a la Argentina a mediados del siglo XIX. Profesor de inglés y luego Director de Aduanas, recibió el bautismo en Buenos Aires en manos del Padre Olegario Correa.

En 1865 contrajo matrimonio con Estaurofila Ladrón de Guevara, una joven católica cordobesa. Por amor a ella, Jorge decidió renunciar a su religión de origen y abrazar el catolicismo. Su vida de fe fue creciendo hasta convertirse en un testimonio reconocido por quienes lo conocieron.

Joaquín V. González, quien había sido su alumno, lo recordaba como un hombre de profunda bondad, piedad y conducta ejemplar. Lo llamaban afectuosamente “Don Jorge” y destacaba en él una manera de relacionarse que parecía expresar una entrega completa: “ahí voy todo entero, sin reservas, ni condiciones”.

Poner los dones al servicio

En 1866, Fray Olegario lo invitó a instalarse en Córdoba. Allí Jorge continuó su tarea docente en el Colegio de Monserrat y comenzó a colaborar activamente con los dominicos en su misión pastoral.

Junto a Estaurofila, inauguraron dos colegios privados, uno para varones y otro para niñas. Desde su lugar de laicos, pusieron al servicio de la Iglesia aquello que sabían hacer: educar, acompañar y formar. Más adelante, ambos colaborarían también con Fray Reginaldo en la formación de las primeras hermanas de la nueva Congregación.

Estaurofila, nacida en Córdoba en 1827, había desarrollado una importante trayectoria educativa. Fue directora del Colegio de las religiosas Carmelitas Teresianas y también del Colegio Normal de Paraná. Al regresar a Córdoba junto a Jorge, en 1886, puso toda esa experiencia al servicio de la misión que estaba naciendo.

Pero su entrega fue todavía más lejos: junto a Jorge, donó sus bienes para la nueva Congregación. Estaurofila murió en 1890 dejando como último pedido a las religiosas que cuidaran de su fiel compañero.

Una misión que se construye en comunidad

Fray Reginaldo reconoció especialmente en Estaurofila una manera de educar que iba mucho más allá de transmitir conocimientos. La describió como una maestra capaz de llegar al corazón de los jóvenes, siendo también “amiga” y “madre tierna y cariñosa”.

La historia de Jorge y Estaurofila nos recuerda que una vocación no siempre se vive de la misma manera. Ellos fueron laicos, esposos, educadores y colaboradores de la misión dominicana. Compartieron el amor por la Orden, la contemplación y la predicación, pero lo hicieron desde el lugar que les correspondía.

Jorge y Estaurofila no miraron la misión desde afuera. Se hicieron parte de ella. Abrazaron, cuidaron y defendieron a la humanidad doliente, como San José, poniendo su vida, sus capacidades y sus bienes al servicio de una obra que recién comenzaba.

Quizás allí esté una de sus enseñanzas más profundas: la misión se construye cuando cada uno descubre que tiene algo para ofrecer y decide ponerlo al servicio de los demás.

Fray Reginaldo Toro con el matrimonio Poulson
Fray Reginaldo Toro con el matrimonio Poulson

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