Dios nos lleva de la mano a los secretos destinos que serán nuestra eterna felicidad

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El nuevo año litúrgico comienza con el adviento, que nos prepara para recibir a Jesús Niño y renovar nuestra fe en el misterio de la Encarnación.

Este nuevo año, la Arquidiócesis de Córdoba despide a quien, por 23 años, fuera su Pastor, Monseñor Carlos José Ñañez. Según el canon 401 del Derecho canónico, “Al Obispo diocesano que haya cumplido setenta y cinco años de edad se le ruega que presente la renuncia de su oficio al Sumo Pontífice, el cual proveerá teniendo en cuenta todas las circunstancias”. El Papa Francisco aceptó la renuncia de Mons. Ñañez y designó al sacerdote jesuita Ángel Sixto Rossi para reemplazarlo, ubicándose como el 5° Arzobispo de la Arquidiócesis de Córdoba.

Agradecemos el servicio pastoral de Mons. Carlos y recibimos con alegría al nuevo Arzobispo

En el caso de Monseñor Toro, Obispo de 1888 al 1904, tuvo que retirarse de su función episcopal, por una hemiplejía que día a día lo iba privando de la movilidad y el habla, “postrado en el lecho del dolor, por la voluntad divina…”. Los últimos años de vida ofreció valientemente su silencio, su oración y sus dolores físicos por la Iglesia.

Conocemos casos de personas que en la plenitud de sus vidas son visitadas por la enfermedad. Ésta afecta la vida personal y familiar; una enfermedad nos puede cambiar la vida, la manera de ver la vida, y tomar conciencia del valor de la cruz del sufrimiento. No tenemos el control total de nuestras vidas, de nuestras fuerzas, de nuestra salud, por eso como creyentes nos abandonamos a las manos amorosas del Padre, que sabe lo que más nos conviene, y nos da la gracia y la fuerza para llevar el yugo que cada uno puede llevar. Aunque no comprendamos, con dolor nos animamos a abrazar la cruz.

Reginaldo nos enseña a aceptar la voluntad de Dios, nos anima con su ejemplo a entregarnos a las manos divinas. Compartimos algunas frases del Auto episcopal donde con dolor, con gran fe y confianza, delega el gobierno de la diócesis en el Vicario General Monseñor Doctor Filemón Cabanillas.

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Es sabido de todos que son inescrutables los designios que el Dios de la misericordia y bondad – adorado y reconocido en el seno de la Iglesia, nuestra madre piadosa – tiene sobre todos y cada uno de nosotros para conducirnos, como por la mano a los secretos destinos que serán nuestra eterna felicidad.

Por esto, en las angustias, en las tribulaciones, en las contrariedades y en los males todos de nuestra existencia no nos es dado obtener la victoria de las continuas luchas que nos presentan en el espíritu, si aislamos nuestras operaciones interiores y exteriores de la sumisión y conformidad a los designios secretos de la divina Providencia que obra suave, pero fuertemente, en nosotros…

…creemos, ser ésta, la voluntad divina escondida en los senos de su misericordia para con nosotros y ésta es nuestra ordenada esperanza, nuestras inefables consolaciones en el retiro y la oración.

Sí, carísimos hijos, amargas lágrimas saboreamos a diario, brotadas de la honda pena que circunda nuestro espíritu por los incesantes asaltos que hace a nuestra mente y atribulado corazón este fatídico pensamiento que por vía de consuelo nos permitimos manifestaros – con la mayor sinceridad – de no poder ser el guía forzado y práctico de vuestra fe religiosa…

Desde que nos vimos caídos en el estado de postración en el que permanecemos aún constituidos y del que tal vez no nos levantaremos, hemos concebido y sostenido en nuestra mente la determinante idea de resignar ante la suprema autoridad de nuestro santísimo Padre el señor León XIII, la pesada carga del Obispado con que fuéramos agraciados por él mismo, y que ya deja de ser llevadera a nuestras débiles fuerzas y tal vez inútil e inadecuada a los elevados fines que tanto el Sumo Pontífice como nosotros tuvimos en vista.

Y así lo hemos dispuesto, con plena deliberación y la más recta intención esperando, con resignación cristiana, el momento en que el Señor sea servido de poner término a nuestros padecimientos morales y físicos que nos impiden su servicio personal en el trascendental cargo que tan inmerecidamente nos fuera encomendado.

 

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