La maestra que supo grabar en los corazones el amor a Dios, a la Patria y al prójimo

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La primera «maestra de postulantes y novicias» que conocieron nuestras primeras hermanas, fue la Sra. Estaurofila Ladrón de Guevara, esposa de Dn. Jorge Poulson.

Leemos en la necrología que escribe fr. Moyano sobre nuestro padre Reginaldo:

«Las primeras niñas que debían vestir el Santo hábito dominicano, como en su mayoría habían sido formadas en el colegio de la Señora Estaurofila, habían recibido de ella, no tan sólo los conocimientos científicos e intelectuales sino también los religiosos, espirituales y morales; que son indispensables para desenvolverse en tiempo oportuno en la vida social y religiosa».

Fray Reginaldo Toro agradecido por su labor caritativa y desinteresada, en su discurso hace mención a su vida entregada, consagrada a la docencia.

Discurso pronunciado el 7 de noviembre de 1890 por el Ilmo. Señor Obispo diocesano Dr. Fr. Reginaldo Toro a las discípulas de la Sra. Estaurofila al colocar una placa en su sepulcro

 Hijas mías en Jesucristo. Nada te turbe, nada te espante – todo se pasa – Dios no se muda – La paciencia todo lo alcanza – quien a Dios tiene – Nada le falta – Solo Dios basta. (Sta. Teresa de Jesús).

La Señora, vuestra maestra, para cuya memoria vais a poner hoy este testimonio de la gratitud, del aprecio y de esos sentimientos cristianos, dulces y cultos, que con tan suaves palabras, con cariños tan persuasivos como verdaderos y amorosos sabía plantar y cultivar en vuestros corazones; esas flores delicadas de la religión y cultura católica, que unidas a los conocimientos generales que forman la base a nuestra instrucción primaria y secundaria, han hecho hasta ahora de la mujer cordobesa, un modelo lúcido y fiel de la mujer fuerte que nos pintan las Divinas Escrituras. Un modelo y espejo de virtudes cristianas para su familia y para la República entera.

Esta Sra. verdadera discípula de Santa Teresa de Jesús, me complazco en recordarlo, ha sabido grabar en vuestros corazones los sentimientos, a la vez delicados y fuertes de la virtud y del deber, cuya recompensa recibiremos en el cielo, porque no hay en la tierra tesoro bastante para recompensar debidamente ese cumplimiento de virtudes que demanda una vida doméstica y oculta al mundo, esos sacrificios que imponen la familia, la sociedad, los hijos, el esposo, los padres, a la mujer que desea cumplir sus obligaciones para con Dios y el prójimo. Esos heroicos seres que tan a menudo encontramos en nuestra querida patria y de quienes en esta hermosa y conmovedora ocasión, me renueva el recuerdo de las mismas virtudes, el mismo cariño, las mismas bellas y sólidas cualidades todo esto me parece retoñar de nuevo, brotar y florecer en sus discípulas y siento en ello un presagio feliz para el tiempo venidero en religión, en moral y en virtud.

No tenemos motivos para desconfiar de la generación futura mientras las damas cordobesas, niñas y matronas, aun conserven en el corazón y veneren el recuerdo y la enseñanza de esta Sra. que durante veinticuatro años fue la maestra querida, cual nadie, y casi adorada de sus discípulas conmovidas que en este momento veo rodearme en lágrimas y rebozando con sentimientos de ternura y gratitud.

Fue una verdadera americana y cordobesa, amante cual ninguna de su patria, deseando y fomentando con su palabra y con sus bienes lo que podría mejorar y aliviar a los que sufren en cuerpo o en espíritu. Y cerca tenemos la prueba; no sólo en los pobres que lamentan la falta de sus limosnas, de sus visitas que consolaban al enfermo menesteroso en su miserable choza, llevando a la vez a tiernas criaturas del colegio para que se acostumbraran a dolerse de las necesidades de los pobres, sino también y más que ninguna, esas Hnas. Terceras Dominicas de San José, dedicadas como sabéis, y a su ejemplo, entre la enseñanza de las niñas y la asistencia de los enfermos a domicilio, Sacrificio verdadero y mayor de lo que parece, desempeñado como lo es, con una abnegación completa y en espíritu de caridad.

Pues el espíritu de caridad para con el prójimo fue su bandera durante toda la vida y bien lo habéis conocido en sus explicaciones sobre el catecismo que tantas veces habéis escuchado, y que tan vivamente os ha impresionado, y que tantas veces os ha arrancado lágrimas de ternura, porque ella no enseñaba solamente con la palabra seca las palabras divinas, sino que las enseñaba y explicaba con su ejemplo y su corazón.Y que han producido fruta sabrosa, y producirán más aún; tengo una garantía segura para el pueblo de Córdoba en vuestra presencia aquí hoy donde solo os traigo el grande amor a la maestra querida, pagándole un tributo a su memoria de grato recuerdo, al mismo tiempo que ofrecéis una plegaria a Dios envuelta en una acción de gracias a su Providencia paternal y finalmente os convido para que añadáis una oración pidiendo a su Divina Majestad que nunca falte entre nosotros y en nuestra patria querida, maestras como la señora que aquí honramos, para imprimir la religión que profesamos en el corazón de la juventud, del modo que ella lo hizo y con la gracia y dulzura con que supo poner este sello divino sobre el alma de sus discípulas; este sello divino del verdadero espíritu católico que nunca se borrará y que una vez estampado en el corazón y el espíritu de vuestras hijas no solamente dará fruto durante vuestra vida terrestre, sino que brillará como las obras de gracia que Dios en su grande misericordia nos conceda, por toda la eternidad.

Y esta gracia con la que Dios la había gratuitamente dotado, ha sido al mismo tiempo un don otorgado por Dios a su católico pueblo y a todas vosotras que pueden contarse entre el número de sus discípulas.

Nacida el año 1827 y educada en una época en que no abundaban como hoy, los recursos ni pecuniarios ni científicos y gratuitos para cultivar una inteligencia viva y precoz. Recibió sus primeras nociones en los ramos elementales del saber humano frecuentando la escuela del Colegio de Huérfanas, donde, como bien lo sabéis, no quedaban olvidadas la moral y la religión, base y fundamento de toda sana educación e instrucción. Bendito sea Dios, que hasta hoy se conserva ese vergel de Hermanas de Sta. Teresa de Jesús, difundiendo ya las virtudes cristianas, como los conocimientos científicos que por más de un siglo han formado el corazón de las niñas de Córdoba y Rioja! Pero esta niña Señora aprovechó poco tiempo en este Colegio.

Llevada luego a Buenos Aires, trabajó penosamente durante los aciagos años del 40 y la dominación de Rosas para adquirir los conocimientos de profesora de un establecimiento para educación de niñas. Durante ese tiempo no cesó de cultivar ni las letras muertas ni el espíritu de Dios vivo; de tal manera que inmediatamente después de la caída de Rosas en 1852, fue nombrada Rectora del Colegio de Huérfanas en Bs. As., cuyo establecimiento era, en aquella época, y bajo la dirección de la Sociedad de Beneficencia, la principal escuela pública de niñas en Bs. As. Dos años después, a fines de 1854, fue la esposa de vuestro amigo y profesor Dn. Jorge Poulson, maestro veterano hoy en el honorable pero penoso arte de enseñar y desde entonces hasta su fin no cesó ella de dedicar todos sus momentos de vida a la enseñanza de las niñas que tanto amaba, y las obras e instituciones de caridad para todos los que sufren.

Desde principios de 1856 hasta 1861 que cesó el Gobierno de la Confederación, desempeñó el puesto de Directora del Colegio Nacional de niñas en el Paraná, entonces Capital de la República. Allí como aquí, fue casi adorada de sus discípulas, de las cuales, algunas, madres ya de una numerosa familia han continuado hasta hoy sus correspondencias de íntima e inquebrantable amistad y afecto que solo la muerte ha podido romper.

De su enseñanza he hablado ya y la conocéis mejor que yo, porque vosotras la habéis guardado en lo más profundo del corazón, esa enseñanza no sólo de la maestra, sino de amiga y de madre tierna y cariñosa hasta sus últimos momentos.

Hace 24 años que, como director espiritual he conocido su alma y su vida interior y tantas veces he observado esa admirable, extrema y candorosa sencillez y confianza con que trataba todos sus asuntos ante Dios, esa suma franqueza infantil, la derechura y la fe profunda en que sus plegarias serían escuchadas, siempre que el objeto y fin fuese las necesidades del prójimo siempre tenía presente la promesa del Salvador “Todo lo que pidiereis en mí, mi Padre os lo dará”, porque la duda no habitaba en su corazón; su fe era sencilla como la de los niños y su confianza en la bondad de Dios era ilimitada.

Vivía sólo para practicar el bien, oculta y espiritualmente sobre todo; para el prójimo y sin pensar en sí misma. La reputación de la Sra. Estaurofila era tal, que el venerable y virtuoso Padre Olegario Correa, decía: «Estaurofila se gana el cielo con su gran humildad, sumisión y obediencia ciega, jamás encontró resistencia en su espíritu y voluntad la disposición del Señor y de sus sacerdotes y es una criatura elegida de Dios».

En verdad, su corazón era de Dios y su caridad ultrapasaba lo que se puede expresar con palabras, siendo tal su fervor que nada lo conmovía ni enfriaba, sino que todo era para más entregarse al Señor. Dios se lo pague ahora y en la eternidad! Será, me parece, la única verdadera oración sobre sus restos, para perpetuar su memoria entre nosotros y entre sus gratas discípulas conmovidas, cuando trasmitirán el recuerdo de su enseñanza y de sus virtudes a su familia y a sus hijos de la generación futura.

Y vosotras Hermanas. T.D. de San José, también sois sus discípulas muy entrañablemente queridas, también habéis participado de su enseñanza no sólo en las letras humanas de inteligencia y saber, sino en su espíritu y la virtud de su alma. Vosotras habéis seguido su ejemplo, habéis aprendido a imitar sus virtudes, su grande amor al prójimo y la caridad para todo el que es débil y sufre, su espíritu de orden, de sumisión, de organización; esa suavísima palabra que encantaba al grande como al pequeño y que todavía os hace derramar lágrimas de consuelo. Guardad ese dulce y hermoso recuerdo estampado en los anales de vuestra comunidad como monumento perpetuo de imitación y ejemplo lúcido para los tiempos futuros.

Pero en la vida de la Sra. Estaurofila hay todavía otro punto lúcido que no dejaré pasar del todo inapercibido porque faltaría a la justicia si suprimiera este ejemplo hermoso de sus aspiraciones por la honra y gloria de Dios, por el alivio del prójimo que sufre y su amor a las religiosas que, retiradas del mundo, dedican su existencia entera al desempeño de todas esas obras que llamamos de caridad y misericordia corporales y espirituales.

En la casa habitación de la Sra. Estaurofila se formó, y de allí salió esa comitiva de señoras que directamente se dirigía a fundar el Convento de las Carmelitas o Teresas de Bs. As., en cuya fundación la Sra. tuvo una parte activa y eficaz. De su casa habitación procedió también la comitiva de niñas que fundaron, cuatro años ha, estas Hnas. T. D. de San José, que tanto conocéis y apreciáis. Para esta benéfica institución, que constituye un penoso sacrificio de voluntad y fuerzas, ha dado la Sra. todos sus bienes, todo el fruto del incesante labor y afán de su vida. Ha devuelto a Dios lo que Dios le confió y con réditos que no dejarán de ser  aceptables ante los ojos de su Divina Majestad, ofrecidos como son, cristiana y humildemente, por una verdadera hija y obrera en su viña santa.

Que Nuestro Señor en su misericordia, perdone sus faltas y premie sus virtudes, su buena voluntad, su amor para los que sufren, su celo por la honra y gloria de Dios, cuya gracia invocamos ahora para todos nosotros con una bendición especial y eficaz para todas sus discípulas con sus hijas y familia. Amén.

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