La Pasión del Corazón de Jesús

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Hasta el último latido por Dios y los hombres…

Para Reginaldo, el corazón es el lugar donde se guardan sentimientos y conocimientos, es como dice él “el depósito de los afectos más virtuosos”. En el corazón se imprimen, se estampan, se rubrican las buenas intenciones y deseos, las devociones y las motivaciones que guían en la vida.[ver]  Por eso junto a él queremos contemplar el Corazón de Jesús, en estos días en que recordamos su entrega. Estamos seguros de que Jesús sufrió más su Pasión dentro de su corazón que fuera, ahondemos en esto…

 

A veces cuando preguntamos si alguien vio la película “La Pasión de Cristo” de Mel Gibson, generalmente la respuesta es “no, es muy fuerte”, “no, me impresiona”; lo que sin dudas es cierto pero quizás con esto corremos el riesgo de quedarnos sólo con el dolor físico de Jesús, con las atrocidades y escarnios que padeció; nos entristece, nos da impotencia, pero probablemente perdemos el foco de lo más importante o tal vez de su mayor dolor, la pasión de Jesús aconteció, por decirlo así, sobre todo en su corazón.

Aconteció en los movimientos de su corazón en el dolor de la traición, pero también en la dulzura y la compasión de los pequeños gestos de aquellos que buscaron darle ánimo y mitigar su dolor, porque como dice San Juan Pablo II “los gestos de amor no pasan, dejan en el hombre una señal indeleble”.

Vemos en las personas que en todo momento aparecen el dilema de obrar bien o no, o más bien de amar o no; y dejarse amar.

Si pensamos en Pedro y Judas podemos decir que a los dos amó Jesús, los dos fueron sus apóstoles y los dos lo traicionaron, ahora bien…la diferencia está en que Pedro supo volver, dejó que el amor de Jesús, ese que había experimentado lo inundara y le diera la fuerza para volver a empezar; y, por el contrario, podemos decir que Judas quedó encerrado en su dolor, en su remordimiento, en su herida, y no pudo salir. ¡Ojalá nosotros podamos volver!

No podemos juzgarlo ciertamente, quién podría asegurar que no va a caer, pero sí podemos aprender de él a no dejarnos encerrar en el desamor, la confusión y el dolor, porque no hay retorno.

Pedro y Judas nos muestran dos maneras diferentes de actuar frente a la caída, son el ejemplo nítido de poder usar un error para salir adelante, como aprendizaje y superación, o quedarse allí y dejarse vencer por la desesperación y el fracaso.

Ellos, las personas que aparecen nos muestran cómo somos todos, los discípulos huyen, Juan se queda, María y María Magdalena, movidas por el amor se quedan también, vemos de nuevo que si nos falta el amor seguro huimos.

Hay personas que se compadecen, otras se burlan, otras agreden, otras simplemente quieren saciar su curiosidad ¿seremos nosotros tan distintos?, a veces vemos ese contexto como lejano.

Siguiendo con los dilemas, Pilatos los representa crudamente, ¿libera al hombre inocente en quien no encuentra ningún delito o responde a lo que los judíos y César esperan de él?, los sentimientos de su corazón y la multitud de pensamientos habrán sido como una tremenda tempestad en su interior, ¿qué hacer? Podemos decir que sucumbe, no tiene fuerzas para abrazar la verdad que conoce; y sigue por ese camino, aún más, sella esta decisión lavándose las manos, ¿no nos pasa a veces lo mismo?

En el Sanedrín los mismos dilemas, a algunos miembros les parece un juicio injusto, algo montado falsamente desde el principio, otros por el contrario van tras sus intereses, Jesús molesta, y es necesario sacarlo del camino, usan todas sus fuerzas e ingenio en esta decisión, su autoridad para buscar testigos, todas sus influencias hasta llegar a Pilatos, es el ejemplo concreto de utilizar los bienes comunes, la propia influencia o autoridad para los propios intereses; todo va derrapando de mal en peor, porque así funciona el mal. No sólo el juicio es falso, por la noche, oculto, testigos falsos, no estaban todos los miembros del Sanedrín, los golpes, escupidas, insultos injustos, sino que se suman los azotes romanos, la liberación de un clarísimo culpable, Barrabás; y como la envidia y el odio van en aumento incitan al pueblo, a ese que tienen que guiar hacia Dios, es decir usar su autoridad espiritual, moral y política para presionar y pedir el solemne “¡crucifícalo!”; podríamos decir que casi no les quedó nada por probar.

Seguimos viendo gente, Simón de Cirene, al principio no quiere ayudar, vuelve del campo, de sus asuntos personales, de sus cosas; dice en la biblia que fue obligado, pero después lo hace, deja la obligación por el amor, por el servicio; llega a comprender. La Verónica que limpia el rostro de Jesús, aunque más bien podríamos decir que lo consuela con ternura, acaricia ese rostro tan golpeado, no agrega otro golpe más como los otros, sino que le regala una caricia, Simón le presta su fuerza y comparte su seguridad y protección a Jesús, como varón se pone al servicio, Verónica pone al servicio su ternura y consuelo de mujer, paño de lágrimas dijera el mismo Padre Reginaldo.

Pero volvamos ahora a la pasión del corazón de Jesús, que es lo que más nos interesa, vemos con lo anterior que no es tanto lo externo lo que importa, sino lo que hay en el corazón del hombre, porque ahí como dice el mismo Jesús se juegan las deshonestidades, el odio, los intereses mezquinos, el desamor, el afecto desordenado; vemos en este camino de la cruz actitudes externas que reflejan en realidad de qué están llenos esos corazones.

Vayamos un poco más atrás en el tiempo, al Domingo de Ramos seguramente el corazón de Jesús sentiría por un lado un gozo enorme de ser recibido como Mesías, hijo de David, y en cierta forma vería confirmada su misión y estos años de entrega, pero como conoce lo que vendrá un tono de dolor aparece también en su corazón.

El lunes, ¡día memorable! quién pudiera olvidarlo, Jesús empieza a despedirse, va a Betania, con sus amigos Lázaro, Marta y María, ¿quién de nosotros ante un momento difícil y crucial de la existencia no necesitó de los amigos y de las personas queridas? Ciertamente Jesús tenía presente que era la última vez que iba a un lugar tan querido, con personas tan queridas para su corazón, ¿sentimientos? Seguramente de nuevo alegría entrañable, paz, ese descanso que se experimenta en esos lugares que uno siente suyos, un cierto cargar pilas para lo que viene, por decirlo así; un respiro y a su vez algo de tristeza.

Y el gesto enorme de amor de María, la unción con el nardo puro, el corazón de Jesús habrá desbordado también en puro amor y a su vez se empezaba a preparar para la sepultura.

Las últimas visitas al Templo, ¡qué nostalgia! escuchar tantas veces allí ¡Shemá Israel!, la vez que se perdió, la compañía de María y José. Para ir tuvo que endurecer el rostro y el corazón como el pedernal, no en el sentido de cerrarse, sino fortalecerse para poder seguir con obediencia la voluntad del Padre.

Cada vez ese corazón siente emociones y sentimientos más intensos, y padece en silencio y con amor.

Vayamos ahora a la traición y a la negación, Jesús en Getsemaní siente en su corazón angustia y una tristeza de muerte, por eso pide a sus discípulos que velen, que lo acompañen, que recen por él, se encomienda; como nosotros cuando pedimos a alguien que recé por nosotros, recemos por el papa que siempre nos lo pide.

Jesús en ese corazón de hombre está turbado, sabe que se va a quedar sólo, que tiene que sufrir mucho, que tiene que despedirse de todo cuanto ha amado en la tierra, pero sabe hacer dos cosas muy importantes que a veces nos cuestan: confiar y obedecer.

Se encomienda al Padre, sabe que no quiere lo que viene, pero le deja a Él la decisión final, y sea cual fuese ésta la va a abrazar con todo su ser y con todos los latidos de su corazón. Jesús es tentado en ese huerto, pero ante todo sufre porque va percibiendo la lejanía del Padre, esto le destroza porque es a quien Él más ama, Dios no lo abandona, no le quita su amor, pero en solidaridad con toda la humanidad Jesús prueba esta ausencia de Dios.

En medio de todos estos latidos aún otros golpes, y como ya dijimos anteriormente no físicos, sino ahora el amargo sabor del dolor y la traición y los modos en que estos se dan.

Seguro a Jesús no le dolieron tanto los latigazos como el beso de Judas, y no le desgarró tanto la corona de espinas como la negación de Pedro, era su amigo y ahora decía que no lo conocía, Judas era su amigo y lo cambió por monedas ¿alguien podría poner en duda que la pasión de Jesús se vivió más en su corazón?

Judas no solo lo vende literalmente, le dan dinero a cambio, sino que distorsiona un gesto de amor, una muestra de cariño: el beso, para traicionarlo, para dejarlo en evidencia, seguramente el ser atado por los guardias y llevado ante Caifás no le habrá dolido tanto como esta tan grande ingratitud a tanto amor.

La cabeza de la Iglesia, el que debía confirmar a los hermanos, sobre quien el pueblo de Dios debía asentarse de forma segura acaba de decir no una vez, ni dos, sino tres veces que No sabía quién era Él, digámoslo despacio No-sabía-quién-era-él, instantes antes le estaba declarando que daría su vida por él, parece realmente una broma, pero volvemos a lo mismo ¿quién de nosotros podría juzgarlo, acaso no nos pasa?

Valoremos de Pedro la actitud de volver, como dijimos más arriba.

Y el resto se fue, se borró, los que tienen que seguir con el anuncio del Reino se han ido a esconder todos.

¡Pobre Corazón de Jesús! Tanto amor, tan despreciado.

El corazón de Jesús seguro habrá encontrado fuerza y descanso al ver a su Madre, la que siempre lo amó y le fue fiel en todo momento, hasta el último latido y desde su primer latido, ¿habrá un amor comparable a este, al amor entre Jesús y María?, se habrá confortado con la presencia de Juan, de María Magdalena, de los que lloraban sinceramente por él, y de Verónica y el Cireneo como dijimos, y en la cruz con el arrepentimiento y la conversión del buen ladrón. Y es que, aunque todo se vea oscuro y perdido, fracasado y desechado, el mal, la muerte y el pecado no tienen ya la última palabra sino el Amor que devuelve la vida. Siempre el Amor vencerá, aunque parezca derrotado, aunque aparentemente se vea débil.

Jesús está viviendo su última noche y su último día en la tierra, cuanta nostalgia, ¡debe partir!, a un lugar al que nadie puede seguirlo, recordemos con profundo sentimiento la Última Cena, su nombre lo dice todo, es la gran despedida, como nosotros que organizamos, meriendas, cenas, almuerzos para despedir o para celebrar, la mesa nos convoca, nos reúne, nos acerca, es un momento distinto, especial, es detenerse porque hay algo importante de por medio. Tantas comidas compartidas con los discípulos, y esta es la última, cuantos milagros habían visto a la hora de compartir el pan, cuando se multiplicaban, cuando sobraban siete canastas; y ahora verán el mayor de ellos, prefigurado en lo que celebraban: la Pascua, prefigurado en el cordero, pero ahora se perfeccionará y llegará a su plenitud, el gran milagro de la Eucaristía. Cristo mismo entrega su cuerpo y su sangre, les da a beber del cáliz de la Nueva Alianza, ya ha dado todo, ahora se da así mismo, Milagro tan grande, patente en nuestros días y hasta el fin del mundo.

Pero antes, las últimas enseñanzas y la promesa del Espíritu Santo, les doy un nuevo mandamiento dice Jesús: Amen… amen como yo, a mí medida, es decir sin medida; su corazón palpita agitado, desbordante de amor y no reserva nada. ¡Un gesto viene, el gran gesto! Se levanta, toma una toalla y empieza a lavar los pies, el Señor se hace esclavo, se pone a la altura del suelo, de lo más bajo por amor.

Desde el corazón ya ha entregado todo, queda ahora consumar completamente esta entrega, llega el arresto, el juicio, la tortura y finalmente la cruz, ¿habrá un signo más contradictorio que este? El inocente entre los pecadores, Dios entre las criaturas, la muerte aparente da paso a la Vida, y la figura del odio y la injusticia, de la maldición y la condena se convierte en el signo más grande del Amor.

Al corazón de Jesús le quedan ya pocos latidos, pero los suficientes para cumplir las Escrituras hasta el final, con esos últimos latidos pide al Padre que perdone a los que lo están clavando y matando, perdona al ladrón y le abre las puertas del cielo, nos entrega a María como Madre nuestra en brazos de Juan; y esos últimos latidos soportarán aún el dolor más grande que todavía no había llegado, aquel que vio de lejos en el huerto de los olivos, la ausencia de Dios. –Padre, Padre mío, se escucha, –Padre ¿por qué me has abandonado?, todo lo que Jesús obró, todo lo que Jesús enseñó, todo lo que hizo desde la Encarnación hasta este momento lo hizo por la Persona a la que más amaba, el Padre. Cuando se ha amado así… ¿será posible aguantar la ausencia de esa Persona amada? ¡He aquí el dolor más grande del corazón de Jesús, la ausencia de Dios! Jesús sabe que debe solidarizarse con la humanidad alejada de Dios y entonces prueba el amargo sabor de esta ausencia, este gesto de amor llevado hasta el extremo será el único capaz de salvarnos.

El corazón de Jesús traspasado por este dolor empieza a latir más despacio, y antes de detenerse nos enseña una vez más a confiar, en tus manos encomiendo mi espíritu, me abandono, te creo Padre, recibíme.

El corazón de Jesús se detuvo, y con él el universo entero queda como suspendido.

La lanza lo atraviesa, para que siga derramando sobre nosotros su gracia y su perdón. Jesús está ahora dormido hasta que, de madrugada, el primer día de la semana ese corazón amante, ardiente volverá a latir y permanecerá ya con nosotros para siempre.

Por eso, al evocar la Pasión de Jesús no nos quedemos solo con sus sufrimientos físicos, -a ejemplos de aquel que solo repara en que una enfermedad es grave si compromete mucho del cuerpo, y olvida que las enfermedades espirituales y psicológicas son más penosas porque si uno está enfermo físicamente pero fuerte de ánimo y espíritu la enfrentará con entereza-; sino recordemos los latidos de este corazón, del corazón de Jesús que hasta el último aliento se entregó por Amor a Dios y a nosotros.

imagen: CJDBGuadalajara @centroguada

Escribe: Hna. Antonella Maciel, La Rioja.

Imagen de la portada: Cruz de la Iglesia De San José, Córdoba.

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