El corazón de Domingo, corazón que ama con misericordia

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AÑO JUBILAR DOMINICANO

 

Hubo en toda España una escasez tan grande que muchos pasaban hambre. Domingo, siervo de Dios, estaba por aquel entonces todavía en Palencia: Al contemplar tanta miseria y necesidad, y no encontrando consuelo por ninguna parte, se avivó en él la compasión. Ya siendo un niño, la compasión crecía con él, y cargando sobre espaldas las desgracias de los demás, hacía suyo todo dolor ajeno. Su corazón era un hospital de desdichas.” (Narración sobre santo Domingo, de Pedro Ferrando)

Corazón compasivo y misericordioso

Veo con claridad, decía el Papa al comienzo de su pontificado, que lo que la Iglesia necesita con mayor urgencia hoy es una capacidad de curar heridas y dar calor a los corazones de los fieles, cercanía, proximidad. Veo a la Iglesia como un hospital de campaña tras una batalla. ¡Qué inútil es preguntarle a un herido si tiene alto el colesterol o el azúcar! Hay que curarle las heridas. Ya hablaremos luego del resto. Curar heridas, curar heridas…Y hay que comenzar por lo más elemental… ser misericordiosos, hacerse cargo de las personas, acompañándolas como el buen samaritano que lava, limpia y consuela a su prójimo. Esto es Evangelio puro” (Entrevista concedida a A. Spadaro, el 19 de septiembre de 2013). La misericordia, dice en otra ocasión “es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Su credibilidad pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo” (Misericordiae Vultus, 10).

La caridad y la misericordia atraviesan toda la vida de Santo Domingo, no como un sentimiento humano, sino como una virtud evangélica” (F. Martínez). “Todos los hombres cabían en la inmensa caridad de su corazón, y, amándolos a todos, de todos era amado” (Beato Jordán de Sajonia). Su fuente, es la contemplación de Cristo crucificado, que entregó su vida por amor a todos los hombres. Su primer biógrafo señalaba, que su corazón era un “hospital de desdichas”, sus entrañas no estaban cerradas a la misericordia, sabía mirar no sólo con la razón, sino también con el corazón.

Cuando fue estudiante en Palencia, llegó a la ciudad y vio por la región gran hambre y, los más necesitados suplicaban alguna ayuda para poder sobrevivir. Domingo repartió en su casa todo lo que tenía. Luego, cuando ya no le quedaba nada más con qué ayudar a los hambrientos, vendió lo que más amaba y apreciaba, sus libros, diciendo: “No quiero estudiar sobre pieles muertas, y que los hombres mueran de hambre”.

La compasión y misericordia son el núcleo central del evangelio de Jesús, es amar como Dios ama. Esa capacidad profunda de conmoción interior ante el sufrimiento del otro que impulsa a aliviar el dolor, incluso a costa de incrementar el propio. La compasión fue uno de los rasgos más destacados del corazón de  Domingo, su modo de vivir y transmitir el evangelio, de su perfil evangélico: Caridad, humildad y pobreza. En su lecho de muerte nos dejó como herencia, lo que abundaba en su corazón: “tened caridad, guardad la humildad y abrazad la voluntaria pobreza.”

Corazón alegre

Otro bien que hemos heredado es la alegría de su corazón: “Siempre estaba con semblante alborozado y risueño” (Beata Cecilia). “Y como el corazón alegre, alegra el semblante, la hilaridad del suyo transparentaba el equilibrio del hombre interior” (Beato Jordán de Sajonia). “Era alegre, festivo y consolador de los frailes«(Fr. Rodolfo de Faenza). “Tenia costumbre de alegrarse siempre en las adversidades, más que en los sucesos prósperos” (Fr. Bonviso de Piacenza).

Si hay una definición que ofrezca su estilo peculiar de ser es la que le atribuyeron los primeros biógrafos: varón evangélico. Varón moldeado por el Evangelio. Como un evangelio viviente.  Alguien que entendió lo de seguir a Jesús de Nazareth. Un evangelio encarnado en una persona concreta, del que nos han llegado descripciones, que permiten situarnos ante alguien a quien podemos sentir cerca: “Domingo acogía a todos los hombres en el amplio pecho de su caridad… Nadie más que él gozaba en la compañía de sus hermanos durante el día, ni nadie era más ardiente que él en velar en la oración, ni en suplicar a Dios de muchas maneras… Distribuía el día en provecho del prójimo y la noche la dedicaba a Dios”. ( Beato Jordán de Sajonia).

Domingo pensaba en la victoria de la cruz, en ese amor grande de Dios que transforma el corazón y el mundo. Para Domingo seguir a Cristo, es imitarle en la escuela de la caridad, en la entrega de la propia vida para la salvación de la humanidad, en llegar a los crucificados y dolientes del mundo y de la historia: la pobreza, el hambre, la guerra, la inmigración, la ignorancia, la injusticia, etc.

Corazón misionero

Santo Domingo nos recuerda que en el corazón de la Iglesia debe arder siempre un fuego misionero, que impulsa incesantemente a llevar el primer anuncio del Evangelio y, donde sea necesario, a una nueva evangelización: de hecho, Cristo es el bien más precioso que los hombres y las mujeres de todo tiempo y de todo lugar tienen derecho a conocer y amar. Su Familia de pobres sigue  llevando la Buena Nueva allí donde la familiaridad de Dios sea esperada, sobre todo a los lugares más difíciles y donde la necesidad es mayor. Sigamos saliendo a plazas y calles del mundo acompañando, escuchando y aprendiendo de todos, como Domingo, con misericordia y amor.

Escribe: m. Raquel Correa, Madre General.

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